Cómo me despedí mil veces sin llegar a irme del todo
Todo empezó un viernes cualquiera a última hora, ese viernes, como cualquier otro, olía a fin de semana, a descanso, a familia y a diversión, pero todo ese olor se evadió cuando vimos que nos había convocado una reunión para el lunes.
– ¿Habéis visto la reunión que han convocado?
– ¡No!
– ¡Yo sí!
– ¿Qué reunión?
– Una reunión urgente para el lunes a primera hora.
– ¡Ojo! Hay abogados laboralistas invitados a la reunión.
– ¿Lo habéis visto?
Y el lunes llegó, y tanto que llegó…
Llegó lo que ya imaginábamos: la empresa iba a ejecutar un ERE. Cincuenta y seis personas, nos dijeron. Sí, cincuenta y seis, ni una más ni una menos, iban a salir por la puerta, por la ventana o por algún otro lado. ¡No sabíamos exactamente!
Y ojo, no lo dijeron en un rincón de un pasillo, entre café y café, ni en un mentidero cualquiera, entre otras cosas porque el trabajo era en remoto; lo dijeron en una reunión formal que, como ya he dicho, habían agendado el viernes anterior, con PowerPoint y todo.
Y todo, como si fuera un informe de resultados trimestrales, que realmente sí lo era, solo que el resultado, esta vez, éramos nosotros, los trabajadores.
A partir de ahí, cuatro años de trabajo se convirtieron en un número dentro de otro número. Y lo curioso, lo que nadie te cuenta hasta que te toca, es que el número empieza a bajar y tú, en vez de tranquilizarte, te vuelves un poco supersticioso.
- Luego 52. Luego 47. Al final, 46.
Bueno, al menos se han salvado 10 personas. ¡No está mal!
Cada rebaja se celebraba a media asta, con ese alivio raro de «menos uno, pero seguimos sin saber si el uno voy a ser yo».
Fue como ver una cuenta atrás para un bingo que nadie quería ganar.
Un mes y medio. Treinta y cinco, cuarenta y cinco días, no sé. Perdí la cuenta de las reuniones mucho antes de perder la cuenta de los días.
Reuniones para elegir abogado, reuniones para elegir quién nos representaba, reuniones para hablar de las reuniones anteriores, reuniones para determinar cuando convocábamos reuniones.
En algún momento de ese mes y medio me convertí, sin quererlo, en una especie de experto amateur en derecho laboral, de esos que sueltan «indemnización», «período de consultas» y «criterios de selección» en la sobremesa como si llevara toda la vida haciéndolo.
Mi familia estará encantada de saber que ya no hace falta ver el telediario: tenían un ERE en casa, en directo y con comentarios.
Y luego estaban las despedidas, nos despedimos, no exagero, unas mil veces. Se iba un compañero el jueves de vacaciones, y le hacíamos la despedida con tarta el miércoles, por si acaso. Y luego resulta que se quedaba dos semanas más, «rematando cosas», y volvíamos a despedirnos, esta vez sin tarta porque ya no quedaba presupuesto emocional para más azúcar.
Llegamos a un punto en el que cada mañana, al entrar, mirabas alrededor como quien pasa lista:
«¿Estás bien? ¿Estoy bien? Empezamos el día.»
Todo el mundo hablaba de lo mismo: en la máquina de café, en el ascensor, en el grupo de WhatsApp que antes era para quedar los viernes y que se convirtió en un consultorio jurídico-emocional 24 horas.
Si alguna vez has vivido algo parecido, sabrás que la incertidumbre no grita, pero está todo el rato ahí, sentada a tu lado, opinando sobre tu bandeja de entrada.
Con el tiempo aprendí que la incertidumbre tiene su propio horario laboral. Entra contigo, sale contigo y los fines de semana también te manda algún mensajito por si la habías olvidado.
Cuando por fin se cerró la lista definitiva y el número dejó de moverse, hubo un silencio raro.
No era alivio del todo, ni tristeza del todo. Era más bien ese momento en el que el ruido para y te das cuenta de lo cansado que estabas de escucharlo.
Ahora, con algo de perspectiva, miro atrás y hay algo que tengo clarísimo: lo que hice en esos cuatro años me gustó mucho.
Me gustaba la empresa que era antes de que el ERE empezara a cocerse a fuego lento en los despachos.
Y esto no es una historia de villanos y víctimas sin matices; contándola no pretendo desprestigiar a nadie ni nada. Es más simple y más incómoda que eso: las cosas cambian, las empresas también, y a veces el cariño por un proyecto no basta para que el proyecto siga teniendo sitio para ti.
Y ahora toca lo de siempre después de una tormenta: recoger, mirar los daños y reconstruir.
Toca desempolvar el currículum, que llevaba cuatro años tomando el sol en un cajón sin que nadie le pidiera explicaciones.
Toca hablar de filtros ATS y volverte loco modificando currículums.
Toca ponerle palabras bonitas a cosas que hice sin pensar que algún día tendría que «venderlas» en una entrevista.
Toca también, y esto es lo que de verdad me hace ilusión, volver a esos proyectos personales que iba aplazando por falta de tiempo, esas ideas que llevaban meses en la nevera del «ya lo haré», y ponerme por fin a aprender esas tecnologías nuevas que siempre quedaban para «cuando tenga un hueco».
Resulta que el hueco, al final, te lo hace la vida a veces por las bravas.
No sé cómo va a terminar esta siguiente etapa. Pero si algo me llevo de estos casi dos meses de reuniones, despedidas por triplicado y números que bajaban de uno en uno, es que se puede pasar por algo así sin perder el sentido del humor ni las ganas.
Y que después de despedirte mil veces, la única despedida que de verdad importa es la que te haces a ti mismo con lo que hiciste: con orgullo, sin rencor y con las maletas ya medio hechas para lo siguiente.
Como dice el dicho: «Lo que no te mata te hace más fuerte», y yo tengo claro que esto a mí no me ha matado.
Estoy seguro de que, si algún día te toca el turno del ERE, a ti tampoco te va a matar.